HOGAR Y PARENTELA
Abrumada por los expedientes que a diario llegaban a su despacho municipal, mi mujer ya no tenía tiempo para dedicarse a sus hijos. Rulito y Julián Segundo –o Chegu como le decíamos con cariño– crecían como espigas bajo mi atenta mirada. Ellos compartían la misma habitación al igual que sus prendas y juguetes. Mis vecinos me preguntaban si eran mellizos, yo les decía que no. Además era notoria la diferencia física. Rulito era corpulento para sus diez años y tenía un carácter mandón que a veces hacía llorar a su hermano menor, que era tímido y huidizo, aunque no dejaba de ser travieso y hábil para las partidas lúdicas: tres en raya, ludo con dados, o a las cartas, juegos que solía disputar con Rulito, al que de continuo vencía sin objeciones, ocasionando que éste lo correteara por el interior de la casa intentando cogerle para golpearle.
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