Al mediodía en Moguer

"Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando".

Juan Ramón Jiménez.

Hacia el mediodía, cuando el sol es más que un astro en las alturas, cuando semeja la definitiva antorcha que acabará con las piedras y la yerba de Moguer, de tanto arder; caminamos los poetas venidos desde dispersas herradumbres del camino, ciegos de lejanía, con distintos acentos y las manos vacías de palomas, para estrechar el aire de su encuentro. Con las vocecitas chicas y los pasos apurados por la callejuela larga que iba al cementerio. Al mediodía, cuando enrumbamos en busca del poeta, mientras nos conocíamos y soñábamos con el eco de un poema en las calles sin sombra de Moguer. Al mediodía, desde las atalayas de los vientos que se detienen en cada sepultura, Juan Ramón nos escucha decirle poemas, pronunciarle con respeto en la voz enronquecida del instante, cuando acaso quisimos despertarle del ensueño inmortal que le sostiene en la fragua sin fin de la memoria, porque la gran memoria es la cuna y el cielo de los seres que amamos, de los que recordamos.

Porque Moguer es más que un arrullo de pinos y fresas encendidas. Porque en Moguer aguarda aún la soledad más nítida en la voz del Poeta. Y Juan Ramón existe en cada boca que le nombra, en cada hoja de los árboles enraizados en aquel pueblo blanco que nos acogió como una inmensa madre, a orillas del mar.

Risueños y traviesos, niños grandes, llegamos a Moguer para encontrarnos los poetas del mundo al pie de las arenas, de donde partiera un día Colón, cuyo fantasma deambula por las orillas del mar, los conventos clausurados con sus huesos y su tiempo de sal, las esquinas dobladas tantas veces cual pañuelos a la hora de partir. Pero acaso nosotros no vinimos a rescatar de todos los olvidos, vestigios de la colonización. Porque esperábamos, en la hora más candente de su día, recoger con nuestros pasos extranjeros, la esencia del recuerdo, la dulzura y la nostalgia del noble Poeta que nos transmite su melancolía al vaivén de la tarde.
Xuanxo, los Luises, las Marías, Olivier, Chema, Antonio y yo, fuimos llevados de la mano del tercer Luis de Moguer por las calles intensas y los campos fragantes de poemas, a rabiar. Y la presencia tenue del Poeta cabalgando a Platero, nos llegaba cual símbolo de aromas erizando la piel de los poetas que quisimos visitarle en todas sus estaciones, en todas las esquinas de Moguer que tan viva retienen la fuente de la luz que en el tiempo proyecta Juan Ramón.

Y los pájaros, cantando se quedaron cuando nos alejamos de Moguer. Y el mediodía pleno de puñales del sol, continuará la rueda de los tiempos, aromando nostalgias, recordando a Zanobia y su Poeta esposo en cada rincón del pueblo de Moguer.

Mariana Llano, 25 de Junio de 2009.


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